Perdy recordó el relato que su abuelo le contó de niño, era ya entrada la madrugada y se había despertado y aun no lograba conciliar el sueño, no con tantas cosas en la cabeza.
Hace muchos años, Ancor el Dragón retornó, y la guerra fue tan súbita y terrible, que toda Silverin tembló, y Elenat fue destruida, y se había llevado a Earont y a Los Inmortales consigo a un lejano reino al norte del Sden, cuando ese río aun fluía, allí vivieron por muchas edades que jamás fueron contadas y dejaron a los hombres mortales vivir en paz y por su propio lado, hasta que los inmortales que seguían a Earont se rebelaron y escaparon, nadie sabe cual fue el motivo de esto, sólo que Ancor los persiguió implacable y Falacor ayudó a Earont, y entonces Ancor se volvió contra Falaocr y se dio la última Guerra entre Dragones, pues Ancor y los inmortales que aun le eran fieles lucharon fieramente, pero Earont y los Legionarios se habían sublevado y Falacor les apoyó, y lejos en el norte se libró la batalla y Falacor fue derribado y calló de los cielos y se hundió entre las aguas y se dice que en el sitió en que se hundió surgió una isla, pero Earont era fuerte y poderoso y tras la Caída de Falacor, apreso a Ancor, el más poderoso de todos los Dragones, aquel al que llamaban el Padre de los Dragones, fue en esta terrible guerra en la que Ancor había destruido Cit-Caran y sólo Elend y Haralom, las últimas de las antiguas naciones, habían sobrevivido, y Ancor había sido apresado en la isla que surgió donde Falacor había caído, esto ocurrió hace ya muchos años, pero se dice que Ancor escapó y que la guerra ha estallado de nuevo, y que allá en el norte aun luchan.
Era una larga historia, muy linda, pero de todas formas Perdy jamás la creyó, era sólo una de las muchas leyendas que contaba su abuelo acerca de los días antiguos, pero antes de que pudiera madurar había sido enviado a la guerra y años más tarde se encontraba en la Línea de Rombel, en donde la mayoría no lucha por la Emperatriz, si no mas bien por sus vidas, pues dura y terrible era la guerra en el norte de Haralom.
“Sólo llevo 6 meses aquí...” “... Y no durarás más si te quedas, pero si vienes con nosotros...” ¿Por qué no? A fin de cuentas, podría dejarles y marchar de regreso a Haralom si la cuestión no le gustaba, ¿Pero no le habían dicho que la guerra había alcanzado la Ciudad de Haralom y que hacía casi una semana que habían combates y revueltas en la ciudad?
La mañana llegó y él ya no estaba dispuesto a escapar, había algo en las palabras de Diem y Sonds, algo que le hacía desear más y le daba cierta seguridad, aunque algo en su mente le decía que todo aquello estaba fuera de lo común, la parte conciente de su cerebro pujaba por salir corriendo, pero deseaba quedarse y escuchar lo que tenían que decirle.
Al salir de la tienda ya ardía el fuego en el campamento de nuevo y Diem y Sonds no estaban, Loriant lo recibió amablemente mientras Jemer se encontraba con Von junto al río conversando.
-¿Dónde están los demás? –Preguntó Perdy al sentarse en el suelo junto a Loriant.
-Andan revisando los alrededores, necesitan estar seguros de que no hay nadie cerca antes de decirte cualquier cosa. –Contestó Loriant mientras sacaba de un bolsillo de su raído jubón de cuero una pipa igual de desgastada y vieja y, tras colocarle algo de hierba que llevaba en una bolsita que le colgaba del cinturón, la encendió y se la llevó a los labios.- Yo seré el primero, Diem y Sonds están vigilando y cuando ellos vengan Von y Jemer les relevarán y ellos hablarán con tigo.
Por unos momentos Perdy no dijo nada, examinaba sus palabras cuidadosamente, no se imaginaba que podía ser tan importante para que tuvieran tanta cautela, todo aquello era inquietante, y aun así, no quería apartarse.
-¿Qué es lo que proponen exactamente? –Dijo por fin mientras Loriant exhalaba una bocanada de humo.
-Ten paciencia –Dijo él- no seré yo quien te lo exponga, además, comeremos primero antes de hablar sobre esos asuntos, a mi me toca algo más sencillo.
-¿Qué, exactamente, entonces?
-Demostrarte que los Legionarios existimos. –Respondió Loriant sin más preámbulo y con total calma. Perdy no pudo más que sonreír para sí mismo con una mueca burlona e incrédula.
Loriant se levantó y entonces le miró a los ojos, y pudo ver claramente Perdy que sus ojos brillaban con intensidad y con una luz propia, como si una joya plateada y pálida devolviera los rayos de las lunas, se asustó entonces, trató de moverse, pero no pudo, sus pies y su cuerpo entero no reaccionaban, el pánico lo dominó, vio como Loriant se acercaba a él, como se quitaba los mugrientos guantes que tenía puestos sin dejar de mirarle fijamente a los ojos mientras el no podía apartar la mirada de esa terrible luz y sentía que su cuerpo era recorrido por una ola de calor, se sentía pequeño bajo esa mirada y los ojos le ardían, pues sentía como si Loriant le atravesara con su penetrante mirada y se sentía desprotegido y débil mientras sus pensamientos eran examinados y volvían a su mente recuerdos de los años pasados que surcaban su cerebro como destellos lejanos; Loriant alargó su mano y con la punta de los dedos tocó su frente, de pronto, en su mente destellaban imágenes y escenas, ideas y recuerdos que jamás había tenido, que no le pertenecían: Una torre blanca se levaba contra las montañas y estaba coronada por oscuras nubes de tormenta que se arremolinaban en lo alto de la torre mientras un gran ejercito irrumpía en ella; de pronto la imagen cambió y apareció algo distinto, un arpa sonaba en el claro de un bosque, más hermoso que todos los que hubiera visto antes y el sonido del río le acompañaba mientras los pájaros cantaban junto con él, un joven alto y hermoso, de largos cabellos negros y piel tostada, estaba sentado en un alto trono mientras una fiesta se desarrollaba bajo sus pies, el trono parecía tallado en el árbol por una mano tan habilidosa que no se distinguía donde empezaba el tallado de la madera original del majestuoso árbol, pero no pudo seguir detallando la escena por todo cambió de pronto de la misma forma brusca y rápida, todo estaba oscuro y unas altas llamaradas rojas iluminaban una noche ciega y sin estrellas, un hombre, alto y robusto, con una larga cabellera rubia cayendo enmarañada sobre su pálido rostro que era blanco como la leche, estaba dentro de una choza destrozada y con un cuchillo degollaba a una niña en la aldea en llamas; entonces todo cambió una vez más: grandes águilas azules con picos de plata sobrevolaban los aires de una horrenda batalla, las criaturas eran magníficas y hermosas, sus alas eran enormes y de un color azul cielo con manchas veteadas de negro y blanco, sus metálicos picos resplandeciendo a la luz del sol naciente que se elevaba en el este, un gran Dragón, más grande que ninguno, brillaba y resplandecía como el oro mientras una batalla se libraba en los aires, su majestuoso porte transmitía el terror y la ira; una vez más todo cambió, el mismo joven del trono salía colgando de una alta columna bajo la terrible mirada del poderoso Dragón, sus escamas eran de oro sólido y resplandeciente, pero el joven estaba diferente, su rostro estaba demacrado y su cuerpo desnudo estaba débil y flaco, pero sus ojos destellaban con un brillo plateado, el mismo que tenían Diem y Loriant, pero más vivo e intenso, el joven miró a los ojos al magnifico animal y entonces Perdy sintió como la mirada del Dragón lo atravesó a él y un dolor sin medidas le ganó el cuerpo, era como si mil agujas al rojo vivo se le ensartaran en cada centímetro de su cuerpo, lucho desesperado por liberarse, finalmente pudo moverse y calló hacia atrás chocando contra al suelo pedregoso, lagrimas cayendo de sus ojos, ya no había rastro alguno de dolor en su cuerpo, este había desaparecido casi tan rápido como se había presentado, pero sentía una gran pena en el corazón que no era suya, aunque lentamente se esfumaba, al igual que ese odio que de repente le había ganado al ver al Dragón en los aires; no se atrevió a abrir los ojos que había cerrado con fuerzas, no pensaba, no podía pensar, sólo sentir, deseaba encontrar al joven y liberarlo, deseaba matar al hombre que había degollado a la niña, deseaba encontrar la torre blanca y destruirla, pero una parte de su cerebro, la que estaba conciente, le decía que él no quería nada de eso en verdad, que esos sentimientos no le pertenecían, que algo andaba mal, que debía salir de allí.
Largo rato duro en el suelo, sin abrir los ojos, con todos esos recuerdos aun girando en su mente, pero ahora distantes y borrosos, ya el sentimiento de odio y pena estaba desapareciendo lentamente. Quería hablar, pero no sabía que decir, aun no había abierto los ojos, sentía todavía las lagrimas correr por sus mejillas, lentamente se hacía conciente de dónde estaba, pero sólo de recordar la mirada del Dragón se llenaba de pena y dolor.
-¿Qué ocurrió? –Dijo al fin- ¿Qué fue todo eso?
-Son sólo algunos de mis recuerdos. –Dijo Loriant, su voz sonaba distante y triste y Perdy se atrevió al fin a abrir los ojos y contempló el cielo detrás de las ramas de los árboles, el sol se estaba elevando, una esfera brillante y borrosa que se alzaba tras las copas de los árboles.- Yo estuve allí, cuando El Dragón apreso a Earont, y también cuando Falacor calló hace ya muchos siglos.
Perdy no sabía que decir, no tenía pensamiento alguno, sólo recordaba lo que acababa de ver en su propia cabeza y una parte de su cerebro se percató de que aquello no era normal, pero otra, y era esta la mayor parte, estaba convencida de que todo aquello era cierto.
Loriant se levantó entonces y colocó una cacerola vieja y con abolladuras en el fuego, y mientras el agua se calentaba sacó un bolsito de tela pequeño y sucio que traía en el bolsillo de su jubón, Perdy no alcanzó a ver qué era lo que estaba haciendo, pues en ese momento aparecieron Diem y Sonds por el otro lado y él se levantó inmediatamente.
***
Los combates se sucedieron uno tras otro en la Ciudad de Haralom, la Emperatriz había salido a tiempo de los puertos y había marchado a su palacio en la ciudad de Ambot, más al norte; los rebeldes se habían apoderado de varios castillos alrededor de la ciudad y habían derribado las torres de los ejércitos de Haralom en su furiosa embestida, pero no lograron salir de la ciudad; el sur de la ciudad había sido tomado, pero no el norte, y ninguna noticia de esto había llegado aún a la lejana Ictiar, pues no hacía ni una semana que el poderoso levantamiento había tenido lugar, dejando sobre las calles y los puertos una roja alfombra de cuerpos destrozados.
Gil se había presentado ante el Consejo de Ictiar y había dado su mensaje en nombre del Rey de Nodian, sabía que la respuesta no les gustaría, así que guardó la agria réplica del Consejo y prometió llevarlo ante su Rey en cuanto partiera de regreso, salió del amplio salón iluminado por la luz del sol que se colaba por los altos parteluces y anduvo un tiempo entre los jardines mientras esperaba que Jena saliera del Consejo.
La espada aún pendía del cinto, era algo anticuado, pues ya las armas de fuego, igualmente letales, estaban suplantando las clásicas espadas y el arco, aunque los rebeldes de Soulom seguían utilizándolos, no todo el mundo tenía suficiente dinero para tener un fusil o una carabina; Jena siempre recordaba a Gil con su espada, la había usado desde hacía mucho tiempo, aun desde los tiempos de la niñez, cuando vivían en su casa en las montañas y salían a hacer una visita frecuente(cosa que solían hacer a caballo), dormía él con su espada en la mano.
-Tenemos entendido que son ustedes el único reino de Nodian que participará. –Interrogó fríamente uno de los miembros del concejo, era alto y delgado y una nariz aguileña asomaba de su huesuda cara, estaban en la amplia sala que antiguamente había sido el Salón del Trono en los días en que Ictiar era la capital de Haralom, alrededor del alto trono que aun se erguía orgulloso y desafiante se encontraban instaladas varias sillas talladas de piedra y formaban una semicircunferencia; el que habló era uno que se hallaba a la derecha del trono, vacío en ese momento, junto con 6 más, habían 7 de cada lado; Jena percibió un dejo de enfado en su voz, pero decidió omitir aquello.
-Así es, señor –Dijo Jena, dando una leve inclinación con su cabeza en señal de respeto y hablando pausadamente y con calma-, mi tío no quiere arriesgarse en una guerra, la nación esta demasiado debilitada y si las tropas son enviadas fuera teme que los insurgentes ataquen de nuevo, sin embargo, no olvida los favores del consejo, y no detendrá por ello a nadie que quiera participar y tratará de apoyarles lo más que pueda. Mi padre ha ofrecido sus servicios y esta dispuesto a venir a Haralom.
-¿Doret vendrá? –Preguntó otro de los miembros, igualmente alto pero un poco más gordo y de rasgos marcados, una larga barba le caía sobre la túnica azul- Bien, aceptaremos dichosos su ayuda, pero el Concejo quiere actuar pronto, ¿Cuándo estará listo tu padre? Pues los rebeldes nos amenazan seriamente, esas masas de descastados y de desertores e indigentes que se creen dignos del poder y desafían a los dioses. ¿Cuándo estarán listos, pues, Doret y sus hombres y qué tan fuerte será el contingente que traerá?
Jena escuchó en silencio y se demoró un poco en responder, una sonrisa dibujada en su rostro, Gil le había enseñado mucho y no pudo evitar reír para sus adentros al escuchar las palabras del concejo. ¿Desertores e indigentes que desafían a los Dioses? ¿Descastados? Francamente era asunto de risas, pero no estaba ella en posición de hacer comentarios.
-Mi padre ya ha iniciado el acantonamiento, está en los puertos de Nodian con una pequeña flota esperándole, partirá en cuanto se lo pida el Concejo, pues ya muchos están listos. La fuerza del contingente es relativamente alta al igual que su numero(Unos 1500 hombres) considerando que acabamos de salir de una desastrosa guerra civil, ha hecho mi padre todo lo que ha podido, como sabéis, no tenemos el apoyo completo del reino.
-Bien, tus noticias son satisfactorias –Volvió a decir el hombre alto y delgado- entiendo que Nodian acaba de salir de una fuerte crisis y la afectan las mismas plagas que barren el norte de Haralom, estamos agradecidos por su ayuda; por favor, le invitamos a que pase aquí un tiempo, mientras llegan las otras 3 comitivas del Pacto.
-¿Cuanto tiempo será?
-Sólo unas semanas, quizás, pero hay asuntos que deben tratarse, pues nuestros reinos tienen mucho en común y hay cosas que a la Emperatriz le gustaría conversar.
-El Reino de Elend ya ha enviado a sus delegados, y sus tropas ya están en camino -Dijo uno de los miembros de la izquierda, pequeño y de cabello corto- los mensajeros nos dijeron que llegarían en 2 días, entrando al sur de esta provincia.
-Bien, deberíamos convocar a consejo en cuanto Helcart, que es el único que falta, se haga presente. –Dijo el hombre gordo- sus aposentos están listos en el ala este de palacio, Princesa, espero que su estancia sea placentera.
-Así será; ya nada me queda por decir, así que solicito al Concejo permiso para retirarme.
-Lo tiene. –Dijo el hombre delgado y alto.
-Que los Dioses le acompañen. –Volvió a decir el pequeño.
-Y a ustedes también.
Jena se dio vuelta y abandonó la estancia con paso firme y decidido, ya todo estaba hecho, su largo vestido blanco ondeó al atravesar la puerta y sentir el viento que entraba por las ventanas abiertas, los cristales de estas mostraban escenas de la larga historia de Haralom, dobló en una esquina y descendió por las escaleras de lisa piedra tallada años atrás hasta el vestíbulo de entrada que era una amplia sala cuyo alto techo alcanzaba los 4 pisos que tenía el castillo y el suelo estaba cubierto con una gran alfombra de color pardo oscuro, los tapices de las paredes eran iluminados por los grandes parteluces que se situaban a ambos lados de la estancia y por la luz que descendía de una alta y basta cúpula de cristal que coronaba el vestíbulo, un inmenso vitral curvo que era motivo de admiración en todo el continente de Ambot, dobló de nuevo por un pasillo lateral, este oscuro y con pocas ventanas, las paredes desnudas estaban protegidas por una larga fila de armaduras de hace ya casi tres siglos y completamente inservibles, sin embargo de gran valor histórico, pues cada una de ellas había pertenecido a los capitanes del Reino de Haralom y algunas a sus príncipes cuando la familia Real de aquel entonces era pariente bastante cercano de la Casa de Iamxdul, extinta hacía ya varios siglos y ya casi una leyenda, pronto subió otras escaleras para dirigirse a sus aposentos, situados al otro lado del viejo castillo, gracias a las influencias de Gil y al peso del cargo que ella misma ostentaba como ministra extranjera y de sangre noble, sus habitaciones estaban junto a los jardines del palacio que se contaba eran los más hermosos de toda Haralom, aún más que los del Palacio Imperial de la Emperatriz.
Siempre había sentido pasión por la política y era un mundo en donde se entendía bastante bien, de niña, poco después de haberse despedido de Gil, acompañó a su padre en los frecuentes viajes que hizo por todo el Reino de Nodian, eran aquellos los años más difíciles, aunque la guerra había concluido, aquella terrible y fraticida guerra civil que casi exterminó al país, la nación enteramente dividida tardó mucho tiempo en unirse y fue gracias a su padre que la unidad logró mantenerse y ella llegó a participar en frecuentes debates políticos y aun su padre le llegó a delegar como una de sus mejores ministros, y fue gracias a eso que Jena logró en su juventud recuperarse tras haber dejado a Gil(que fue como un padre o un hermano para ella) y de quien no volvió a saber si no muchos años después cuando se había presentado en la casa de su padre y le había relatado toda aquella extraña historia y le había dado aquella extraña poción que era viscosa y oscura como la sangre, y entonces comprendió.
Pronto hubo cruzado el umbral que daba a sus aposentos, una alta y gruesa puerta de madera, antaño se decía que aquellos habían sido los aposentos de los príncipes de Haralom, los mismo que descendieran de la Casa de Iamxdul y herederos legítimos de toda Ambot antes de ser muertos durante la horrorosa guerra civil que masacró toda Ambot y la dividió en infinidad de pequeños reinos.
Cruzó sin mirar siquiera la sala de estar, hermosamente adornada con muebles tallados en madera por una mano habilidosa, una puerta lateral daba a una pequeña escalinata que descendía hasta los jardines varios metros más abajo, una hermosa plazoleta se extendía a sus pies, inundado el silencio del canto de los pájaros, en los bancos de piedra gris estaba alguien sentado.
Gil no se inmutó ante la llegada de Jena, seguía contemplando el vacío ante sus ojos como si no hubiera en toda Solverin nada más interesante, el brillo plateado de sus ojos, que una noche hacía ya muchos años había asustado a Jena cuando era una niña y su padre la había encomendado a aquel hombre para que le cuidara, parecía ahora opacado por los rayos solares de la tarde, más no desaparecían nunca del todo, su barbilla apoyada en sus manos que descansaban sobre su rodilla. ¿Cuánto hacía que le habían encontrado? ¿Dos o tres meses quizás? Nunca pudo explicarse Jena la súbita desaparición de Gil hasta hacía un par de meses y sabía que nunca olvidaría tan poco la noche en que su padre la llamó a la sala del castillo en donde acostumbraba a reunirse en consejo a deliberar con sus capitanes en los tiempos de la guerra y se consiguió con Gil.
Jena caminó y se sentó a su lado, no tenía palabras que decirle, no había consuelo en ese mundo para semejante dolor. Sin embargo, la curiosidad ganaba a Jena, y sabía que una de las pocas formas que tenía de animarle era el preguntarle, pues sabía que él siempre disfrutaba contando historias.
-No quiero contar historias ahora, Jena –Dijo Gil, como si hubiera leído sus pensamientos, su voz sonó cavernosa y hueca, Jena no dijo nada, sólo se limitó a mirarle sin encontrar palabra que decir, hasta que de pronto pareció recordar como hablar.
-Vamos Gil, lo lograremos, no es el fin, podemos recuperarlos.
Gil le devolvió la mirada y ella sintió, no por primera vez, como si él pudiera ver a través de ella, pudo apreciar el hermoso brillo opaco y plateado que desde las profundidades de sus ojos destellaba: aun no se había extinguido en él la fuerza de los Legionarios, aquellos que estuvieron en el Reino de Findon, de donde se decía que era el sitio en donde los Dioses moraban ahora.
-No lo comprendes –Dijo, y ella notó en su voz cierta nota de desaliento que nunca le había oído emplear.- Se han ido, han abandonado este mundo para siempre.
-¿Pero no se supone que ustedes no podían...?
-Claro que podemos, pero sólo si así lo deseamos, porque la sangre que corre en nuestras venas nos ata a la tierra más que a cualquier otro ser sobre ella. Soy viejo Jena, más de lo que puedes imaginar. Los bosques han cambiado, puedo sentirlo, ya no oigo sus voces como antes, ahora nos odian y nos temen, es la maldición que pesa sobre nosotros.
Jena nada dijo, le comprendía, estaba obligado a existir en donde todos querían expulsarle y librar una terrible guerra por vencer sabiendo que la victoria era aún más terrible, y era más temida que esperada.
-No sé que sentir, no sé si alegrarme por que finalmente han abandonado las esferas de Silverin o llorar por su perdida, la verdad es que ni siquiera nosotros conocemos los hados que persiguen a los hombres fuera de este mundo.
Sólo había un ser, se recordó Jena, que conocía la respuesta, y hacía mucho tiempo que había partido de esta tierra, y largamente fue llorado, y ahora ya casi nadie le recuerda, pues hacía ya tanto tiempo que había ocurrido, nunca comprendió bien los designios de la guerra que libraban, pero ciertamente era cruel.
-No está en nuestras manos saberlo, Gil. –Dijo simplemente Jena- Lo que ha de venir vendrá, no pienses en eso ahora, ya llegará la hora de hacerle frente.
Él la miró y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios, “pobre”, se dijo Gil, “demasiado pronto comprenderá las cosas, aunque yo las comprendí demasiado tarde, y las consecuencias fueron aún más terribles”.
Jena se puso de pie entonces y con una de sus decisivas miradas le indicó que le acompañara, Gil viendo que no tenía caso alguno y pensando en las últimas palabras de Jena, se puso de pie y la siguió en su paseo por el gigantesco jardín, maravilla que había sido construida hacía años atrás por personas que él había conocido demasiado bien.
***
Un olor a ocre inundó el aire en el momento en que Loriant echó el contenido del sucio saquillo en el agua, un polvillo de hojas finamente machacadas, pero Perdy no se dio por enterado, sólo contemplaba a las dos figuras que avanzaban hacia él, la horrible cicatriz del rostro de Diem se notaba más que nunca y le pareció entonces un hombre siniestro. Sonds, con sus ropas raídas y sucias, sus cabellos enmarañados y largos que le llegaban a los hombros y la sucia capa gris que se abrochaba con una pequeña águila de plata que parecía bañada de barro, presentaba el aspecto de todo un ermitaño, un par de fusiles colgando de su cinturón de cuero y la piel del rostros pegada a los huesos sobresaltando sus pómulos. El día ya había clareado y lo único que se oía eran el canto de los pájaros y el sonido del agua al resbalar entre las piedras desde el riachuelo a unos pocos metros de él, por encima de esto oía también el crepitar del fuego en la hoguera de Loriant y el relinchar de los caballos unos metros detrás.
Diem y Sonds caminaban con paso decidido, pero pasaron por el lado de Perdy sin siquiera mirarles, el se volvió y los vio acercarse a Loriant, intercambiaron palabras en una lengua extraña, se parecía el acento al que una vez les había visto usar en su niñez a unos extranjeros que encontrara en la ciudad capital y que al parecer venían de Triplion, el lejano continente que se extendía al otro lado del mar, hacia el noroeste, pero se fijó que las palabras no eran las mismas, era un idioma más suave, hermoso y delicado.
Loriant escuchó hablar a Diem y le respondió unas palabras en el mismo extraño idioma, Diem pareció satisfecho, por que se marchó hacia los caballos con una leve sonrisa y dando una orden en voz alta al resto del campamento en el mismo idioma; Perdy estaba desconcertado, pero antes de que pudiera reaccionar siquiera, Sonds se volvió hacia él.
-Bien, ya tienes la prueba de que no te mentimos –Dijo terminantemente y mirándole a los ojos, y Perdy vio en él el mismo destello plateado y opaco que nacía de las profundidades de los ojos de Diem y Loriant.- Ya sabes cuales son nuestros propósitos contigo, no te obligaremos, este es el trato: únetenos, y tendrás acceso a cosas que nunca verías en tu vida normal, vivirás más que cualquier otro ser humano, más no te prometemos vida eterna, por que no está en nuestro poder dártela, habrá riesgos, es una empresa peligrosa, pero la recompensa será grande y gloriosa si la victoria es nuestra.
Loriant se puso de pie entonces y sacó un vaso de metal y lo hundió en la hirviente infusión, caminó entonces hacia Perdy y le dijo:
-Si no es tu deseo seguirnos, lo mejor que te podemos ofrecer es que mañana a esta misma hora no recordarás nada de esto y despertarás en Sondai, junto al puerto, listo para unirte a la nueva compañía que partirá hacia la línea de combate de nuevo, sólo tendrás que beber de esta poción y nada recordarás para entonces.
Perdy les miró y tomando una decisión, alargó la mano y sujetando el vaso que sostenía Loriant lo atrajo hacia sí, tanto el rostro de este como el de Sonds estaban vacíos de toda expresión, y sin dejar de mirarles giró lentamente el recipiente y dejó que todo su contenido se derramara en el pedregoso suelo, el sonido del hirviente liquido produjo un extraño repiqueteo, como si de repente la ardiente poción lanzara una alegre carcajada al aire. Perdy vio dibujarse una sonrisa en los labios de Sonds y le pareció también que los ojos de Loriant brillaban con más fuerza pero en cuanto volteó a mirarlo estos volvían a tener su opaco brillo pálido y plateado, como si sólo se tratara del reflejo de la luz del sol, no obstante, sintió como si su cuerpo se calentara un poco más y el brillo apenas visible le calmaba la inquietud del corazón, tal era el poder que residía en aquellos por cuyas venas corría la sangre de los herederos del Reino Inmortal de Earont.
-Bienvenido. –Dijo simplemente Loriant, y una sonrisa se dibujó también en sus labios y con una última mirada a Perdy se dio la vuelta, su raída y sucia capa gris siguiéndole en un revuelo teatral en su marcha hacia Diem que estaba desatando los caballos.
-Este es tu primer trabajo, Perdy –Dijo Sonds- Necesitamos hacer un viaje hacia la Ciudad de Haralom, tu conoces bien la ciudad y una vez allí nos proporcionarás toda la información y ayuda de que necesitemos, hace muchísimos años que no nos andamos por la vieja Haralom, quizás más de un siglo, y no queremos tropezarnos con personas no deseadas, las gentes no sospecharán de ti en cambio, un soldado imperial que anda de permiso en la capital no es nada raro, además, necesitamos ver a alguien allí, así que partiremos hoy mismo, desde este día estas bajo el mando de Diem, Príncipe de Elend y Capitán de la Legión del Fénix al mando de Earont, nuestro Rey Supremo.
-Partiremos hoy mismo –Anunció la voz de Diem, emergiendo desde una de las tiendas.- Tenemos algo de prisa, como puedes ver, ya te iremos poniendo al tanto de los detalles durante el viaje.
Perdy caminó hacia los caballos y se fijó entonces de que habían 6 caballos, en vez de los 5 que componían la compañía a la que se acababa de unir.
-Sí. –Dijo Loriant, apareciendo a su lado, llevaba ya sus pertenencias en un bolso que le colgaba de la espalda y se había acercado a Perdy en busca de su caballo.- Diem los trajo para nosotros tres, quiero decir, para ti, para Sonds y para mí –añadió al ver la expresión de desconcierto de Perdy, y avanzó hacia el más cercano.- Te esperábamos, Sonds y yo te buscamos entre las filas rebeldes, pensamos que ya debías de haber desertado, pero evidentemente nos habíamos equivocado, este el tuyo. –Dijo señalando uno a su lado de color pardo mientras ajustaba su bolsa sobre el lomo de su animal y acomodaba los arneses.
Perdy no se movió de su sitio, había pasado todo tan rápido, si es cierto que había pensado en abandonar todo eso y quizás unirse al otro bando, pues veía más razón en su causa que en la del imperio, pero era sólo una loca idea, ni siquiera se lo había planteado con seriedad, y de repente se encontraba con esto... caminó inconscientemente hacia el animal y revisó los arneses, pero se dio cuenta de que ya estaban acomodados, Diem debía de haberlos acomodado... lo estaban esperando, todo estaba planeado, lo habían estado buscando a él.
Él había dudado, ¿Y quién no lo hubiera hecho? Las circunstancias eran tan extrañas, estaba huyendo de una emboscada en medio del bosque y de pronto se consigue con un campamento aparecido en medio de la nada a kilómetros de la fortaleza más cercana y establecido casi en las fronteras de la Tierra de Nadie, en donde nada ni nadie permanecía con vida mucho tiempo si se quedaba allí. Sonds y Loriant, evidentemente infiltrados en la tropa rebelde de Soulom, y Von y Jemer, que estaban infiltrados entre las tropas imperiales; ¿Pero que había de ese brillo en sus ojos, en los de Loriant y en los de Diem? Siempre recordaba como se sentía cuando le miraba a los ojos, como si sus preocupaciones desaparecieran, su respiración involuntariamente se calmaba, pero también podían trasmitir la ira y el pesar, y casi siempre irradiaban tristeza. Aunque sin duda lo más extraño fue cuando Loriant le puso las manos en la frente... no, la brujería no existía, no eran más que viejas historias y leyendas, cuantos de viejos que eran contados a los niños para entretenerlos, sin embargo... sus manos se crisparon casi sin darse cuenta cuando pensó en eso mientras sujetaba la montura del animal, había sido tan real, y había sido tan extraño cuando todos esos sentimientos inundaron su corazón, el dolor punzante en todo su cuerpo y esa extraña certeza de que todo aquello era verdad, después de lo que acababa de presenciar no podía ser menos. Siempre recordaba las historias que su abuelo le había contado acerca de los Dioses y del Reino Bendito, más allá del mar, en tierras fuera de nuestro alcance, y acerca de la guerra y la rebelión de los Inmortales, pero nunca se la había creído, no eran más que cuentos, ¿Pero después de esto podía estar seguro de ello?¿En qué se había metido esta vez?. A pesar de parecer todo tan extraño no pudo dejar de confiar en ellos... y es por que estaba marcado ya, no por Diem o Loriant, si no desde hace ya mucho tiempo.
Alguien le puso las manos en los hombros y Perdy se giró rápidamente, al volverse se encontró con los ojos de Loriant, el extraño brillo había casi desaparecido.
-Escúchame... hiciste lo correcto, Diem tenía razón, no había nada para ti en el otro bando, nada te esperaba excepto la muerte, además, puede que descubras que muchas de las cosas que creías eran ciertas, las cosas buenas, no lo son realmente y tal vez no sean tan buenas, abre los ojos Perdy y ve al mundo como realmente es, nosotros te ayudaremos, siempre quisiste esto, desde niño, no te elegimos por casualidad, ya lo ves... te hemos estado esperando desde hace mucho, ni siquiera las historias que escuchaste de niño llegaron a tus oídos por pura casualidad, pronto lo entenderás.
Perdy no dijo nada, la verdad ya no sabía en que pensar, Loriant se dio la vuelta de nuevo y ensilló en su caballo. De pronto se oyó la voz de Diem de nuevo, hablaba en harlimdo y su tono era alegre:
-Bien, vamos partiendo, todos a sus caballos, cabalgaremos durante todo el día y sin descanso, debemos llegar hoy mismo a Sondai: tenemos que buscar al resto de la compañía.
