jueves, 20 de septiembre de 2007

Capítulo 2

Capítulo II


Perdy recordó el relato que su abuelo le contó de niño, era ya entrada la madrugada y se había despertado y aun no lograba conciliar el sueño, no con tantas cosas en la cabeza.
Hace muchos años, Ancor el Dragón retornó, y la guerra fue tan súbita y terrible, que toda Silverin tembló, y Elenat fue destruida, y se había llevado a Earont y a Los Inmortales consigo a un lejano reino al norte del Sden, cuando ese río aun fluía, allí vivieron por muchas edades que jamás fueron contadas y dejaron a los hombres mortales vivir en paz y por su propio lado, hasta que los inmortales que seguían a Earont se rebelaron y escaparon, nadie sabe cual fue el motivo de esto, sólo que Ancor los persiguió implacable y Falacor ayudó a Earont, y entonces Ancor se volvió contra Falaocr y se dio la última Guerra entre Dragones, pues Ancor y los inmortales que aun le eran fieles lucharon fieramente, pero Earont y los Legionarios se habían sublevado y Falacor les apoyó, y lejos en el norte se libró la batalla y Falacor fue derribado y calló de los cielos y se hundió entre las aguas y se dice que en el sitió en que se hundió surgió una isla, pero Earont era fuerte y poderoso y tras la Caída de Falacor, apreso a Ancor, el más poderoso de todos los Dragones, aquel al que llamaban el Padre de los Dragones, fue en esta terrible guerra en la que Ancor había destruido Cit-Caran y sólo Elend y Haralom, las últimas de las antiguas naciones, habían sobrevivido, y Ancor había sido apresado en la isla que surgió donde Falacor había caído, esto ocurrió hace ya muchos años, pero se dice que Ancor escapó y que la guerra ha estallado de nuevo, y que allá en el norte aun luchan.
Era una larga historia, muy linda, pero de todas formas Perdy jamás la creyó, era sólo una de las muchas leyendas que contaba su abuelo acerca de los días antiguos, pero antes de que pudiera madurar había sido enviado a la guerra y años más tarde se encontraba en la Línea de Rombel, en donde la mayoría no lucha por la Emperatriz, si no mas bien por sus vidas, pues dura y terrible era la guerra en el norte de Haralom.
“Sólo llevo 6 meses aquí...” “... Y no durarás más si te quedas, pero si vienes con nosotros...” ¿Por qué no? A fin de cuentas, podría dejarles y marchar de regreso a Haralom si la cuestión no le gustaba, ¿Pero no le habían dicho que la guerra había alcanzado la Ciudad de Haralom y que hacía casi una semana que habían combates y revueltas en la ciudad?
La mañana llegó y él ya no estaba dispuesto a escapar, había algo en las palabras de Diem y Sonds, algo que le hacía desear más y le daba cierta seguridad, aunque algo en su mente le decía que todo aquello estaba fuera de lo común, la parte conciente de su cerebro pujaba por salir corriendo, pero deseaba quedarse y escuchar lo que tenían que decirle.
Al salir de la tienda ya ardía el fuego en el campamento de nuevo y Diem y Sonds no estaban, Loriant lo recibió amablemente mientras Jemer se encontraba con Von junto al río conversando.
-¿Dónde están los demás? –Preguntó Perdy al sentarse en el suelo junto a Loriant.
-Andan revisando los alrededores, necesitan estar seguros de que no hay nadie cerca antes de decirte cualquier cosa. –Contestó Loriant mientras sacaba de un bolsillo de su raído jubón de cuero una pipa igual de desgastada y vieja y, tras colocarle algo de hierba que llevaba en una bolsita que le colgaba del cinturón, la encendió y se la llevó a los labios.- Yo seré el primero, Diem y Sonds están vigilando y cuando ellos vengan Von y Jemer les relevarán y ellos hablarán con tigo.
Por unos momentos Perdy no dijo nada, examinaba sus palabras cuidadosamente, no se imaginaba que podía ser tan importante para que tuvieran tanta cautela, todo aquello era inquietante, y aun así, no quería apartarse.
-¿Qué es lo que proponen exactamente? –Dijo por fin mientras Loriant exhalaba una bocanada de humo.
-Ten paciencia –Dijo él- no seré yo quien te lo exponga, además, comeremos primero antes de hablar sobre esos asuntos, a mi me toca algo más sencillo.
-¿Qué, exactamente, entonces?
-Demostrarte que los Legionarios existimos. –Respondió Loriant sin más preámbulo y con total calma. Perdy no pudo más que sonreír para sí mismo con una mueca burlona e incrédula.
Loriant se levantó y entonces le miró a los ojos, y pudo ver claramente Perdy que sus ojos brillaban con intensidad y con una luz propia, como si una joya plateada y pálida devolviera los rayos de las lunas, se asustó entonces, trató de moverse, pero no pudo, sus pies y su cuerpo entero no reaccionaban, el pánico lo dominó, vio como Loriant se acercaba a él, como se quitaba los mugrientos guantes que tenía puestos sin dejar de mirarle fijamente a los ojos mientras el no podía apartar la mirada de esa terrible luz y sentía que su cuerpo era recorrido por una ola de calor, se sentía pequeño bajo esa mirada y los ojos le ardían, pues sentía como si Loriant le atravesara con su penetrante mirada y se sentía desprotegido y débil mientras sus pensamientos eran examinados y volvían a su mente recuerdos de los años pasados que surcaban su cerebro como destellos lejanos; Loriant alargó su mano y con la punta de los dedos tocó su frente, de pronto, en su mente destellaban imágenes y escenas, ideas y recuerdos que jamás había tenido, que no le pertenecían: Una torre blanca se levaba contra las montañas y estaba coronada por oscuras nubes de tormenta que se arremolinaban en lo alto de la torre mientras un gran ejercito irrumpía en ella; de pronto la imagen cambió y apareció algo distinto, un arpa sonaba en el claro de un bosque, más hermoso que todos los que hubiera visto antes y el sonido del río le acompañaba mientras los pájaros cantaban junto con él, un joven alto y hermoso, de largos cabellos negros y piel tostada, estaba sentado en un alto trono mientras una fiesta se desarrollaba bajo sus pies, el trono parecía tallado en el árbol por una mano tan habilidosa que no se distinguía donde empezaba el tallado de la madera original del majestuoso árbol, pero no pudo seguir detallando la escena por todo cambió de pronto de la misma forma brusca y rápida, todo estaba oscuro y unas altas llamaradas rojas iluminaban una noche ciega y sin estrellas, un hombre, alto y robusto, con una larga cabellera rubia cayendo enmarañada sobre su pálido rostro que era blanco como la leche, estaba dentro de una choza destrozada y con un cuchillo degollaba a una niña en la aldea en llamas; entonces todo cambió una vez más: grandes águilas azules con picos de plata sobrevolaban los aires de una horrenda batalla, las criaturas eran magníficas y hermosas, sus alas eran enormes y de un color azul cielo con manchas veteadas de negro y blanco, sus metálicos picos resplandeciendo a la luz del sol naciente que se elevaba en el este, un gran Dragón, más grande que ninguno, brillaba y resplandecía como el oro mientras una batalla se libraba en los aires, su majestuoso porte transmitía el terror y la ira; una vez más todo cambió, el mismo joven del trono salía colgando de una alta columna bajo la terrible mirada del poderoso Dragón, sus escamas eran de oro sólido y resplandeciente, pero el joven estaba diferente, su rostro estaba demacrado y su cuerpo desnudo estaba débil y flaco, pero sus ojos destellaban con un brillo plateado, el mismo que tenían Diem y Loriant, pero más vivo e intenso, el joven miró a los ojos al magnifico animal y entonces Perdy sintió como la mirada del Dragón lo atravesó a él y un dolor sin medidas le ganó el cuerpo, era como si mil agujas al rojo vivo se le ensartaran en cada centímetro de su cuerpo, lucho desesperado por liberarse, finalmente pudo moverse y calló hacia atrás chocando contra al suelo pedregoso, lagrimas cayendo de sus ojos, ya no había rastro alguno de dolor en su cuerpo, este había desaparecido casi tan rápido como se había presentado, pero sentía una gran pena en el corazón que no era suya, aunque lentamente se esfumaba, al igual que ese odio que de repente le había ganado al ver al Dragón en los aires; no se atrevió a abrir los ojos que había cerrado con fuerzas, no pensaba, no podía pensar, sólo sentir, deseaba encontrar al joven y liberarlo, deseaba matar al hombre que había degollado a la niña, deseaba encontrar la torre blanca y destruirla, pero una parte de su cerebro, la que estaba conciente, le decía que él no quería nada de eso en verdad, que esos sentimientos no le pertenecían, que algo andaba mal, que debía salir de allí.
Largo rato duro en el suelo, sin abrir los ojos, con todos esos recuerdos aun girando en su mente, pero ahora distantes y borrosos, ya el sentimiento de odio y pena estaba desapareciendo lentamente. Quería hablar, pero no sabía que decir, aun no había abierto los ojos, sentía todavía las lagrimas correr por sus mejillas, lentamente se hacía conciente de dónde estaba, pero sólo de recordar la mirada del Dragón se llenaba de pena y dolor.
-¿Qué ocurrió? –Dijo al fin- ¿Qué fue todo eso?
-Son sólo algunos de mis recuerdos. –Dijo Loriant, su voz sonaba distante y triste y Perdy se atrevió al fin a abrir los ojos y contempló el cielo detrás de las ramas de los árboles, el sol se estaba elevando, una esfera brillante y borrosa que se alzaba tras las copas de los árboles.- Yo estuve allí, cuando El Dragón apreso a Earont, y también cuando Falacor calló hace ya muchos siglos.
Perdy no sabía que decir, no tenía pensamiento alguno, sólo recordaba lo que acababa de ver en su propia cabeza y una parte de su cerebro se percató de que aquello no era normal, pero otra, y era esta la mayor parte, estaba convencida de que todo aquello era cierto.
Loriant se levantó entonces y colocó una cacerola vieja y con abolladuras en el fuego, y mientras el agua se calentaba sacó un bolsito de tela pequeño y sucio que traía en el bolsillo de su jubón, Perdy no alcanzó a ver qué era lo que estaba haciendo, pues en ese momento aparecieron Diem y Sonds por el otro lado y él se levantó inmediatamente.

***

Los combates se sucedieron uno tras otro en la Ciudad de Haralom, la Emperatriz había salido a tiempo de los puertos y había marchado a su palacio en la ciudad de Ambot, más al norte; los rebeldes se habían apoderado de varios castillos alrededor de la ciudad y habían derribado las torres de los ejércitos de Haralom en su furiosa embestida, pero no lograron salir de la ciudad; el sur de la ciudad había sido tomado, pero no el norte, y ninguna noticia de esto había llegado aún a la lejana Ictiar, pues no hacía ni una semana que el poderoso levantamiento había tenido lugar, dejando sobre las calles y los puertos una roja alfombra de cuerpos destrozados.
Gil se había presentado ante el Consejo de Ictiar y había dado su mensaje en nombre del Rey de Nodian, sabía que la respuesta no les gustaría, así que guardó la agria réplica del Consejo y prometió llevarlo ante su Rey en cuanto partiera de regreso, salió del amplio salón iluminado por la luz del sol que se colaba por los altos parteluces y anduvo un tiempo entre los jardines mientras esperaba que Jena saliera del Consejo.
La espada aún pendía del cinto, era algo anticuado, pues ya las armas de fuego, igualmente letales, estaban suplantando las clásicas espadas y el arco, aunque los rebeldes de Soulom seguían utilizándolos, no todo el mundo tenía suficiente dinero para tener un fusil o una carabina; Jena siempre recordaba a Gil con su espada, la había usado desde hacía mucho tiempo, aun desde los tiempos de la niñez, cuando vivían en su casa en las montañas y salían a hacer una visita frecuente(cosa que solían hacer a caballo), dormía él con su espada en la mano.
-Tenemos entendido que son ustedes el único reino de Nodian que participará. –Interrogó fríamente uno de los miembros del concejo, era alto y delgado y una nariz aguileña asomaba de su huesuda cara, estaban en la amplia sala que antiguamente había sido el Salón del Trono en los días en que Ictiar era la capital de Haralom, alrededor del alto trono que aun se erguía orgulloso y desafiante se encontraban instaladas varias sillas talladas de piedra y formaban una semicircunferencia; el que habló era uno que se hallaba a la derecha del trono, vacío en ese momento, junto con 6 más, habían 7 de cada lado; Jena percibió un dejo de enfado en su voz, pero decidió omitir aquello.
-Así es, señor –Dijo Jena, dando una leve inclinación con su cabeza en señal de respeto y hablando pausadamente y con calma-, mi tío no quiere arriesgarse en una guerra, la nación esta demasiado debilitada y si las tropas son enviadas fuera teme que los insurgentes ataquen de nuevo, sin embargo, no olvida los favores del consejo, y no detendrá por ello a nadie que quiera participar y tratará de apoyarles lo más que pueda. Mi padre ha ofrecido sus servicios y esta dispuesto a venir a Haralom.
-¿Doret vendrá? –Preguntó otro de los miembros, igualmente alto pero un poco más gordo y de rasgos marcados, una larga barba le caía sobre la túnica azul- Bien, aceptaremos dichosos su ayuda, pero el Concejo quiere actuar pronto, ¿Cuándo estará listo tu padre? Pues los rebeldes nos amenazan seriamente, esas masas de descastados y de desertores e indigentes que se creen dignos del poder y desafían a los dioses. ¿Cuándo estarán listos, pues, Doret y sus hombres y qué tan fuerte será el contingente que traerá?
Jena escuchó en silencio y se demoró un poco en responder, una sonrisa dibujada en su rostro, Gil le había enseñado mucho y no pudo evitar reír para sus adentros al escuchar las palabras del concejo. ¿Desertores e indigentes que desafían a los Dioses? ¿Descastados? Francamente era asunto de risas, pero no estaba ella en posición de hacer comentarios.
-Mi padre ya ha iniciado el acantonamiento, está en los puertos de Nodian con una pequeña flota esperándole, partirá en cuanto se lo pida el Concejo, pues ya muchos están listos. La fuerza del contingente es relativamente alta al igual que su numero(Unos 1500 hombres) considerando que acabamos de salir de una desastrosa guerra civil, ha hecho mi padre todo lo que ha podido, como sabéis, no tenemos el apoyo completo del reino.
-Bien, tus noticias son satisfactorias –Volvió a decir el hombre alto y delgado- entiendo que Nodian acaba de salir de una fuerte crisis y la afectan las mismas plagas que barren el norte de Haralom, estamos agradecidos por su ayuda; por favor, le invitamos a que pase aquí un tiempo, mientras llegan las otras 3 comitivas del Pacto.
-¿Cuanto tiempo será?
-Sólo unas semanas, quizás, pero hay asuntos que deben tratarse, pues nuestros reinos tienen mucho en común y hay cosas que a la Emperatriz le gustaría conversar.
-El Reino de Elend ya ha enviado a sus delegados, y sus tropas ya están en camino -Dijo uno de los miembros de la izquierda, pequeño y de cabello corto- los mensajeros nos dijeron que llegarían en 2 días, entrando al sur de esta provincia.
-Bien, deberíamos convocar a consejo en cuanto Helcart, que es el único que falta, se haga presente. –Dijo el hombre gordo- sus aposentos están listos en el ala este de palacio, Princesa, espero que su estancia sea placentera.
-Así será; ya nada me queda por decir, así que solicito al Concejo permiso para retirarme.
-Lo tiene. –Dijo el hombre delgado y alto.
-Que los Dioses le acompañen. –Volvió a decir el pequeño.
-Y a ustedes también.
Jena se dio vuelta y abandonó la estancia con paso firme y decidido, ya todo estaba hecho, su largo vestido blanco ondeó al atravesar la puerta y sentir el viento que entraba por las ventanas abiertas, los cristales de estas mostraban escenas de la larga historia de Haralom, dobló en una esquina y descendió por las escaleras de lisa piedra tallada años atrás hasta el vestíbulo de entrada que era una amplia sala cuyo alto techo alcanzaba los 4 pisos que tenía el castillo y el suelo estaba cubierto con una gran alfombra de color pardo oscuro, los tapices de las paredes eran iluminados por los grandes parteluces que se situaban a ambos lados de la estancia y por la luz que descendía de una alta y basta cúpula de cristal que coronaba el vestíbulo, un inmenso vitral curvo que era motivo de admiración en todo el continente de Ambot, dobló de nuevo por un pasillo lateral, este oscuro y con pocas ventanas, las paredes desnudas estaban protegidas por una larga fila de armaduras de hace ya casi tres siglos y completamente inservibles, sin embargo de gran valor histórico, pues cada una de ellas había pertenecido a los capitanes del Reino de Haralom y algunas a sus príncipes cuando la familia Real de aquel entonces era pariente bastante cercano de la Casa de Iamxdul, extinta hacía ya varios siglos y ya casi una leyenda, pronto subió otras escaleras para dirigirse a sus aposentos, situados al otro lado del viejo castillo, gracias a las influencias de Gil y al peso del cargo que ella misma ostentaba como ministra extranjera y de sangre noble, sus habitaciones estaban junto a los jardines del palacio que se contaba eran los más hermosos de toda Haralom, aún más que los del Palacio Imperial de la Emperatriz.
Siempre había sentido pasión por la política y era un mundo en donde se entendía bastante bien, de niña, poco después de haberse despedido de Gil, acompañó a su padre en los frecuentes viajes que hizo por todo el Reino de Nodian, eran aquellos los años más difíciles, aunque la guerra había concluido, aquella terrible y fraticida guerra civil que casi exterminó al país, la nación enteramente dividida tardó mucho tiempo en unirse y fue gracias a su padre que la unidad logró mantenerse y ella llegó a participar en frecuentes debates políticos y aun su padre le llegó a delegar como una de sus mejores ministros, y fue gracias a eso que Jena logró en su juventud recuperarse tras haber dejado a Gil(que fue como un padre o un hermano para ella) y de quien no volvió a saber si no muchos años después cuando se había presentado en la casa de su padre y le había relatado toda aquella extraña historia y le había dado aquella extraña poción que era viscosa y oscura como la sangre, y entonces comprendió.
Pronto hubo cruzado el umbral que daba a sus aposentos, una alta y gruesa puerta de madera, antaño se decía que aquellos habían sido los aposentos de los príncipes de Haralom, los mismo que descendieran de la Casa de Iamxdul y herederos legítimos de toda Ambot antes de ser muertos durante la horrorosa guerra civil que masacró toda Ambot y la dividió en infinidad de pequeños reinos.
Cruzó sin mirar siquiera la sala de estar, hermosamente adornada con muebles tallados en madera por una mano habilidosa, una puerta lateral daba a una pequeña escalinata que descendía hasta los jardines varios metros más abajo, una hermosa plazoleta se extendía a sus pies, inundado el silencio del canto de los pájaros, en los bancos de piedra gris estaba alguien sentado.
Gil no se inmutó ante la llegada de Jena, seguía contemplando el vacío ante sus ojos como si no hubiera en toda Solverin nada más interesante, el brillo plateado de sus ojos, que una noche hacía ya muchos años había asustado a Jena cuando era una niña y su padre la había encomendado a aquel hombre para que le cuidara, parecía ahora opacado por los rayos solares de la tarde, más no desaparecían nunca del todo, su barbilla apoyada en sus manos que descansaban sobre su rodilla. ¿Cuánto hacía que le habían encontrado? ¿Dos o tres meses quizás? Nunca pudo explicarse Jena la súbita desaparición de Gil hasta hacía un par de meses y sabía que nunca olvidaría tan poco la noche en que su padre la llamó a la sala del castillo en donde acostumbraba a reunirse en consejo a deliberar con sus capitanes en los tiempos de la guerra y se consiguió con Gil.
Jena caminó y se sentó a su lado, no tenía palabras que decirle, no había consuelo en ese mundo para semejante dolor. Sin embargo, la curiosidad ganaba a Jena, y sabía que una de las pocas formas que tenía de animarle era el preguntarle, pues sabía que él siempre disfrutaba contando historias.
-No quiero contar historias ahora, Jena –Dijo Gil, como si hubiera leído sus pensamientos, su voz sonó cavernosa y hueca, Jena no dijo nada, sólo se limitó a mirarle sin encontrar palabra que decir, hasta que de pronto pareció recordar como hablar.
-Vamos Gil, lo lograremos, no es el fin, podemos recuperarlos.
Gil le devolvió la mirada y ella sintió, no por primera vez, como si él pudiera ver a través de ella, pudo apreciar el hermoso brillo opaco y plateado que desde las profundidades de sus ojos destellaba: aun no se había extinguido en él la fuerza de los Legionarios, aquellos que estuvieron en el Reino de Findon, de donde se decía que era el sitio en donde los Dioses moraban ahora.
-No lo comprendes –Dijo, y ella notó en su voz cierta nota de desaliento que nunca le había oído emplear.- Se han ido, han abandonado este mundo para siempre.
-¿Pero no se supone que ustedes no podían...?
-Claro que podemos, pero sólo si así lo deseamos, porque la sangre que corre en nuestras venas nos ata a la tierra más que a cualquier otro ser sobre ella. Soy viejo Jena, más de lo que puedes imaginar. Los bosques han cambiado, puedo sentirlo, ya no oigo sus voces como antes, ahora nos odian y nos temen, es la maldición que pesa sobre nosotros.
Jena nada dijo, le comprendía, estaba obligado a existir en donde todos querían expulsarle y librar una terrible guerra por vencer sabiendo que la victoria era aún más terrible, y era más temida que esperada.
-No sé que sentir, no sé si alegrarme por que finalmente han abandonado las esferas de Silverin o llorar por su perdida, la verdad es que ni siquiera nosotros conocemos los hados que persiguen a los hombres fuera de este mundo.
Sólo había un ser, se recordó Jena, que conocía la respuesta, y hacía mucho tiempo que había partido de esta tierra, y largamente fue llorado, y ahora ya casi nadie le recuerda, pues hacía ya tanto tiempo que había ocurrido, nunca comprendió bien los designios de la guerra que libraban, pero ciertamente era cruel.
-No está en nuestras manos saberlo, Gil. –Dijo simplemente Jena- Lo que ha de venir vendrá, no pienses en eso ahora, ya llegará la hora de hacerle frente.
Él la miró y una sonrisa irónica se dibujó en sus labios, “pobre”, se dijo Gil, “demasiado pronto comprenderá las cosas, aunque yo las comprendí demasiado tarde, y las consecuencias fueron aún más terribles”.
Jena se puso de pie entonces y con una de sus decisivas miradas le indicó que le acompañara, Gil viendo que no tenía caso alguno y pensando en las últimas palabras de Jena, se puso de pie y la siguió en su paseo por el gigantesco jardín, maravilla que había sido construida hacía años atrás por personas que él había conocido demasiado bien.

***

Un olor a ocre inundó el aire en el momento en que Loriant echó el contenido del sucio saquillo en el agua, un polvillo de hojas finamente machacadas, pero Perdy no se dio por enterado, sólo contemplaba a las dos figuras que avanzaban hacia él, la horrible cicatriz del rostro de Diem se notaba más que nunca y le pareció entonces un hombre siniestro. Sonds, con sus ropas raídas y sucias, sus cabellos enmarañados y largos que le llegaban a los hombros y la sucia capa gris que se abrochaba con una pequeña águila de plata que parecía bañada de barro, presentaba el aspecto de todo un ermitaño, un par de fusiles colgando de su cinturón de cuero y la piel del rostros pegada a los huesos sobresaltando sus pómulos. El día ya había clareado y lo único que se oía eran el canto de los pájaros y el sonido del agua al resbalar entre las piedras desde el riachuelo a unos pocos metros de él, por encima de esto oía también el crepitar del fuego en la hoguera de Loriant y el relinchar de los caballos unos metros detrás.
Diem y Sonds caminaban con paso decidido, pero pasaron por el lado de Perdy sin siquiera mirarles, el se volvió y los vio acercarse a Loriant, intercambiaron palabras en una lengua extraña, se parecía el acento al que una vez les había visto usar en su niñez a unos extranjeros que encontrara en la ciudad capital y que al parecer venían de Triplion, el lejano continente que se extendía al otro lado del mar, hacia el noroeste, pero se fijó que las palabras no eran las mismas, era un idioma más suave, hermoso y delicado.
Loriant escuchó hablar a Diem y le respondió unas palabras en el mismo extraño idioma, Diem pareció satisfecho, por que se marchó hacia los caballos con una leve sonrisa y dando una orden en voz alta al resto del campamento en el mismo idioma; Perdy estaba desconcertado, pero antes de que pudiera reaccionar siquiera, Sonds se volvió hacia él.
-Bien, ya tienes la prueba de que no te mentimos –Dijo terminantemente y mirándole a los ojos, y Perdy vio en él el mismo destello plateado y opaco que nacía de las profundidades de los ojos de Diem y Loriant.- Ya sabes cuales son nuestros propósitos contigo, no te obligaremos, este es el trato: únetenos, y tendrás acceso a cosas que nunca verías en tu vida normal, vivirás más que cualquier otro ser humano, más no te prometemos vida eterna, por que no está en nuestro poder dártela, habrá riesgos, es una empresa peligrosa, pero la recompensa será grande y gloriosa si la victoria es nuestra.
Loriant se puso de pie entonces y sacó un vaso de metal y lo hundió en la hirviente infusión, caminó entonces hacia Perdy y le dijo:
-Si no es tu deseo seguirnos, lo mejor que te podemos ofrecer es que mañana a esta misma hora no recordarás nada de esto y despertarás en Sondai, junto al puerto, listo para unirte a la nueva compañía que partirá hacia la línea de combate de nuevo, sólo tendrás que beber de esta poción y nada recordarás para entonces.
Perdy les miró y tomando una decisión, alargó la mano y sujetando el vaso que sostenía Loriant lo atrajo hacia sí, tanto el rostro de este como el de Sonds estaban vacíos de toda expresión, y sin dejar de mirarles giró lentamente el recipiente y dejó que todo su contenido se derramara en el pedregoso suelo, el sonido del hirviente liquido produjo un extraño repiqueteo, como si de repente la ardiente poción lanzara una alegre carcajada al aire. Perdy vio dibujarse una sonrisa en los labios de Sonds y le pareció también que los ojos de Loriant brillaban con más fuerza pero en cuanto volteó a mirarlo estos volvían a tener su opaco brillo pálido y plateado, como si sólo se tratara del reflejo de la luz del sol, no obstante, sintió como si su cuerpo se calentara un poco más y el brillo apenas visible le calmaba la inquietud del corazón, tal era el poder que residía en aquellos por cuyas venas corría la sangre de los herederos del Reino Inmortal de Earont.
-Bienvenido. –Dijo simplemente Loriant, y una sonrisa se dibujó también en sus labios y con una última mirada a Perdy se dio la vuelta, su raída y sucia capa gris siguiéndole en un revuelo teatral en su marcha hacia Diem que estaba desatando los caballos.
-Este es tu primer trabajo, Perdy –Dijo Sonds- Necesitamos hacer un viaje hacia la Ciudad de Haralom, tu conoces bien la ciudad y una vez allí nos proporcionarás toda la información y ayuda de que necesitemos, hace muchísimos años que no nos andamos por la vieja Haralom, quizás más de un siglo, y no queremos tropezarnos con personas no deseadas, las gentes no sospecharán de ti en cambio, un soldado imperial que anda de permiso en la capital no es nada raro, además, necesitamos ver a alguien allí, así que partiremos hoy mismo, desde este día estas bajo el mando de Diem, Príncipe de Elend y Capitán de la Legión del Fénix al mando de Earont, nuestro Rey Supremo.
-Partiremos hoy mismo –Anunció la voz de Diem, emergiendo desde una de las tiendas.- Tenemos algo de prisa, como puedes ver, ya te iremos poniendo al tanto de los detalles durante el viaje.
Perdy caminó hacia los caballos y se fijó entonces de que habían 6 caballos, en vez de los 5 que componían la compañía a la que se acababa de unir.
-Sí. –Dijo Loriant, apareciendo a su lado, llevaba ya sus pertenencias en un bolso que le colgaba de la espalda y se había acercado a Perdy en busca de su caballo.- Diem los trajo para nosotros tres, quiero decir, para ti, para Sonds y para mí –añadió al ver la expresión de desconcierto de Perdy, y avanzó hacia el más cercano.- Te esperábamos, Sonds y yo te buscamos entre las filas rebeldes, pensamos que ya debías de haber desertado, pero evidentemente nos habíamos equivocado, este el tuyo. –Dijo señalando uno a su lado de color pardo mientras ajustaba su bolsa sobre el lomo de su animal y acomodaba los arneses.
Perdy no se movió de su sitio, había pasado todo tan rápido, si es cierto que había pensado en abandonar todo eso y quizás unirse al otro bando, pues veía más razón en su causa que en la del imperio, pero era sólo una loca idea, ni siquiera se lo había planteado con seriedad, y de repente se encontraba con esto... caminó inconscientemente hacia el animal y revisó los arneses, pero se dio cuenta de que ya estaban acomodados, Diem debía de haberlos acomodado... lo estaban esperando, todo estaba planeado, lo habían estado buscando a él.
Él había dudado, ¿Y quién no lo hubiera hecho? Las circunstancias eran tan extrañas, estaba huyendo de una emboscada en medio del bosque y de pronto se consigue con un campamento aparecido en medio de la nada a kilómetros de la fortaleza más cercana y establecido casi en las fronteras de la Tierra de Nadie, en donde nada ni nadie permanecía con vida mucho tiempo si se quedaba allí. Sonds y Loriant, evidentemente infiltrados en la tropa rebelde de Soulom, y Von y Jemer, que estaban infiltrados entre las tropas imperiales; ¿Pero que había de ese brillo en sus ojos, en los de Loriant y en los de Diem? Siempre recordaba como se sentía cuando le miraba a los ojos, como si sus preocupaciones desaparecieran, su respiración involuntariamente se calmaba, pero también podían trasmitir la ira y el pesar, y casi siempre irradiaban tristeza. Aunque sin duda lo más extraño fue cuando Loriant le puso las manos en la frente... no, la brujería no existía, no eran más que viejas historias y leyendas, cuantos de viejos que eran contados a los niños para entretenerlos, sin embargo... sus manos se crisparon casi sin darse cuenta cuando pensó en eso mientras sujetaba la montura del animal, había sido tan real, y había sido tan extraño cuando todos esos sentimientos inundaron su corazón, el dolor punzante en todo su cuerpo y esa extraña certeza de que todo aquello era verdad, después de lo que acababa de presenciar no podía ser menos. Siempre recordaba las historias que su abuelo le había contado acerca de los Dioses y del Reino Bendito, más allá del mar, en tierras fuera de nuestro alcance, y acerca de la guerra y la rebelión de los Inmortales, pero nunca se la había creído, no eran más que cuentos, ¿Pero después de esto podía estar seguro de ello?¿En qué se había metido esta vez?. A pesar de parecer todo tan extraño no pudo dejar de confiar en ellos... y es por que estaba marcado ya, no por Diem o Loriant, si no desde hace ya mucho tiempo.
Alguien le puso las manos en los hombros y Perdy se giró rápidamente, al volverse se encontró con los ojos de Loriant, el extraño brillo había casi desaparecido.
-Escúchame... hiciste lo correcto, Diem tenía razón, no había nada para ti en el otro bando, nada te esperaba excepto la muerte, además, puede que descubras que muchas de las cosas que creías eran ciertas, las cosas buenas, no lo son realmente y tal vez no sean tan buenas, abre los ojos Perdy y ve al mundo como realmente es, nosotros te ayudaremos, siempre quisiste esto, desde niño, no te elegimos por casualidad, ya lo ves... te hemos estado esperando desde hace mucho, ni siquiera las historias que escuchaste de niño llegaron a tus oídos por pura casualidad, pronto lo entenderás.
Perdy no dijo nada, la verdad ya no sabía en que pensar, Loriant se dio la vuelta de nuevo y ensilló en su caballo. De pronto se oyó la voz de Diem de nuevo, hablaba en harlimdo y su tono era alegre:
-Bien, vamos partiendo, todos a sus caballos, cabalgaremos durante todo el día y sin descanso, debemos llegar hoy mismo a Sondai: tenemos que buscar al resto de la compañía.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Capítulo I

Capítulo I

La patrulla se movía rápidamente entre los senderos interminables, estaban perdidos, ya no parecía haber salida, habían caído sobre ellos y los habían obligado a replegarse por todo el bosque, ese era el problema de combatir en el norte, aquellas montañas levantadas, según la leyenda, por Ancor hacía muchos años para proteger el valle del Sden, aunque aun seguía viviendo gente allí y mucha por demás, esas montañas se interponían entre ellos y los rebeldes que se refugiaban en aquellos bosques fríos e interminables y de inmensos árboles, sólo las tierras cercanas al sur y a las costas cerca de la Bahía de Haralom eran en verdad hermosas y cálidas, y los rebeldes estaban destrozando todo en continuas revueltas, era todo un caos, levantamientos en todas partes, casi todos silenciados, menos el levantamiento en el norte desde donde los rebeldes se proponían tomar toda Haralom en una invasión, armados con arcos y flechas, con espadas y mazas y algunos cuantos con armas de fuego y algunos fusiles, pero lo que en verdad les estaba tocando las narices era aquel estancamiento en el norte en la Línea de Rombel, pues en una feroz embestida de los ejércitos del norte les habían obligado a retirarse desde sus tierras al sur de Soulom hasta Sondai y Belcart y apenas y pudieron resistir y durante un tiempo fue así hasta que todo se estancó; y era allí en dónde Perdy había sido conducido y tras una patrulla común y corriente con los problemas comunes y corrientes y las mismas bajas que ya eran comunes y corrientes, se encontraron con todo un destacamento que les emboscó y mató a más de la mitad, apenas y pudieron salir y replegarse de aquella pesadilla en donde flechas volaban de todos lados y nadie supo de dónde estaban disparando; si alguien les perseguía o no, no lo supieron, ni se detuvieron a comprobarlo, y entonces entraron en una región de mucha niebla mientras bajaban por el sendero y se toparon con un riachuelo, allí se extraviaron y Perdy quedó solo mientras trataba de buscar el sendero que había perdido al llegar al curso del riachuelo, era definitivo, se dijo, estaba perdido.
-¿Quién esta allí?
La pregunta le sobresaltó, no podía ver a nadie, pero la voz había sonado varios metros delante de él; ahora si que estaba perdido, había llegado seguro a un campamento rebelde o algo así.
-¿Quién está allí? –llamaron de nuevo, y esta vez Perdy escuchó el sonido de una hoja desenvainada y como alguien cargaba un fusil, y también unos murmullos apresurados en una lengua que desconocía, la lengua de los rebeldes del norte quizás, los que vivían en Soulom, que según había oído hablar, usaban un acento bastante raro.
-¡No disparen! –se apresuró a decir, pero nada más le vino a la mente ni se atrevía a hablar.
-¡Muéstrese! –demandó la voz, Perdy obedeció y se fue acercando lentamente con las manos en alto, su espada envainada en una mano y su fusil en la otra, distinguió la silueta de un hombre de cabellos largos y vistiendo lo que parecía una capa con la capucha echada atrás, sostenía una espada y a medida que se acercaba vio que una profunda cicatriz le cruzaba el rostro de parte a parte y que sus ojos brillaban con intensidad, casi con brillo propio, pero pensó que esto ultimo debía ser su imaginación. El hombre soltó una seca carcajada.
-¡Miren, es un soldado imperial! Adelante chico, te estábamos esperando, has tardado en encontrar el camino, Gold y Dárhalam me deben una entonces.
Perdy no entendió mucho de aquello, pero sea lo que sea no parecían enemigos, bajó sus brazos y les siguió, decidiendo omitir aquello de que le estaban esperando.
-Disculpen –dijo- pero una emboscada calló sobre mi compañía y...
-Sí, sí, sabemos lo de la emboscada muy bien, lo oímos desde aquí, armaron gran alboroto; adelante, somos de las tropas de su Majestad, puedes pasar la noche aquí, los rebeldes no llegarán hasta acá, estamos al sur de la Tierra de Nadie.
Perdy pasó al centro del campamento donde los restos de una hoguera aún humeaban y unas pocas tiendas se extendían sobre el suelo poco más allá de la pedregosa rivera del riachuelo que canturreaba.
-Soy Diem, -dijo el hombre de la cicatriz, Perdy vio que sus vestimentas se parecían mucho al de la guardia real, la capa gris oscuro y el broche de plata que la sostenía, unos guantes de un oscuro rojo y unos ropajes pardos con botas de cuero, pero las vestimentas de la guardia real eran de un azul más vivo en la camisa y el pantalón era de un rojo oscuro más intenso a ese color que tendía al vino tinto y era más pálido; Diem señaló al resto del grupo que habían salido de sus tiendas- ellos son Von, Jamer, Sonds y Loriant.
Von y Jemer eran evidentemente de la guardia real, se fijó él al acercarse para estrechar sus manos brevemente, pero Sonds y Loriant parecían más bien de la tropa rebelde, sus caras se veían agitadas como si hubieran corrido mucho, por otro lado, daban la impresión de que habían estado a la intemperie mucho tiempo, sus capas estaban raídas y sus botas de cuero negro estaban desgastadas en la punta, sus capas también se abrochaban con un broche de plata, sólo que este tenía la curiosa forma de un águila, sus apariencias le inquietaron un poco, pero ya no podía hacer mucho.
-Puedes dormir en nuestra tienda, ya casi es de noche, y ya que estamos completos partiremos mañana. –anunció Diem.
-¿Estás seguro de lo que dices? –dijo Loriant.
-Por supuesto, Gold nunca se ha equivocado en sus asuntos, y si Dárhalam le apoya no tenemos de que dudar, además todo ha salido como ellos han dicho.
-Si tú lo dices...
Sonds, que se había alejado hacia los caballos que estaban al final del campamento atados en un árbol en silencio, regresó entonces y le miró fijamente, y esta vez no le cupo duda de que algo brillaba en sus ojos y no era el reflejo de nada, era una luz plateada como la luna y roja como los destellos del fuego, aunque destellaba débilmente, y mientras las observaba sintió como un calor le recorría el cuerpo fugazmente, pero el frío devino casi de inmediato y esto le pareció mas bien un escalofrío.
-Seremos francos con tigo chico, -dijo mientras se acercaba con una expresión decidida en su rostro y tras haber intercambiado una fugaz mirada con Diem- hemos venido a llevarte a Haralom, necesitamos tu ayuda, no desertarás, Diem y Gold se encargarán de arreglar ese asunto, -echó una rápida mirada a Diem y pareció cambiar de opinión- bien, o por lo menos Gold tiene intenciones de hacerlo.
-¡Esperen! –dijo Perdy de repente, no les entendía un comino y todo se veía extrañamente como una emboscada con todos rodeándole contra las tiendas, había decidido que aquel no era un lugar seguro.– ¿De qué hablan? Yo no puedo ir a ningún lado, tengo que estar aquí.
-Si te quedas aquí sólo encontrarás la muerte chico. –Dijo de pronto Diem en una voz baja y siniestra, y de repente, por un instante fugaz se vio viejo y cansado, pero esta expresión pronto se esfumó.– Es lo único que te espera allá fuera entre los senderos. Pocos son los que tienen el honor de contar que han sobrevivido a la Línea Rombel.
-No puedo irme, se consideraría una traición a La Emperatriz y a mi pueblo, no puedo hacerlo. –Argumentó Perdy.
-Eso puede arreglarse, ya te lo hemos dicho –dijo Loriant.- Además, a dónde irás después la ley de tu emperatriz no podrá juzgarte.
-¿Cómo que a donde iré después? –dijo Perdy con suspicacia.
-Es una larga historia –Dijo Diem- y no te la contaré aquí, y menos ahora, pero ya la sabrás a su tiempo, el punto es que vendrás porque te lo pedimos, no te obligaremos, pero necesitamos salvar a alguien, serás muy bien recompensado si participas con nosotros y hasta ascendido en el ejercito si eso es lo que quieres, hay un levantamiento en la Ciudad Capital, sí, en la misma Haralom –añadió al ver la cara de asombro de Perdy- y el Pacto de Ictiar nos barrerá a todos a no ser que nuestro cometido se lleve a cabo.
Aquello era más de lo que esperaba, no entendía nada de nada de lo que le estaban diciendo, salvo lo del levantamiento en Haralom, pero no había oído más que rumores y ni siquiera sabía que era en la misma Haralom, sólo que había ocurrido en algún lugar al sur del país, aunque aquello era mucho, lo pensó por un momento, hacía tiempo que estaba deseando salir de aquel infierno de frío y muerte donde cualquier día podías morir, pero no quería hacerlo de aquella forma, una huída de aquel tipo era muy peligrosa, “si los descubrían sería nuestro fin y nos decapitarían por desertores”, pensó, y por otro lado la huída sólo la había contemplado como una posibilidad, Perdy nunca la había tomado como una de sus sendas, pero aquí estaba una oportunidad, sin embargo. Desde hace mucho sabía que lo habían enviado al matadero, era cierto lo que decía Diem, muy pocos eran los que salían con vida de la Línea Rombel.
-Vamos chico, te necesitamos –Dijo Sonds- pero no rogaremos por ti, tienes aquí una posibilidad de salir de este sitio y a un lugar mejor.
Perdy observó con cuidado las palabras de los soldados, y entonces se le vino una idea a la mente y las posibilidades le asustaron, aunque le habían dicho que no le matarían ni le obligarían a nada, pero eso no era totalmente seguro.
-¿Me están ofreciéndome que me pase al otro bando? –dijo Perdy, ya seguro de que no había salida y con su mano deslizándose casi por casualidad hacia el mango de su espada que se había vuelto a encintar en cuanto le habían recibido.
Por sobre toda respuesta, Diem y Sonds soltaron una seca y breve carcajada mientras que en los labios de Jemer se dibujaba una sonrisa, Loriant por otro lado les miraba con expresión inescrutable.
-Pues... –empezó a decir Sonds- sí... y no; pero míralo de ése modo si quieres, que de momento tu no eres más que un instrumento del bando contrario al igual que tu emperatriz, aunque eso lo comprenderás mejor en un rato.
-Sí, andamos de recluta por estas tierras, -dijo Loriant- y estamos buscando a los mejores soldados, he oído que eres uno de los mejores y que te has salvado más de una vez de las peores emboscadas y los capitanes dan muy buenas referencia de ti.
-No es cierto, y además si dieran tan buenas referencias de mí ya estaría más arriba, además, no llevo más de 6 meses aquí. –replicó Perdy.
-Y no durarás más si te quedas aquí –respondió Loriant- ven chico, ¿Alguna vez has oído hablar de los Legionarios?
-Calla Loriant –Dijo Diem- este no es el lugar ni el momento para hablar sobre eso.
-No vendrá con nosotros ni ingresará si no le decimos todo.
-No podemos hacerlo y lo sabes, mucho menos decirlo “todo”.
-¿Decirme el qué?
-De los “Legionarios”. –Dijo Loriant.
-Son sólo una leyenda, nunca existieron. –Dijo Perdy, hasta donde sabía la legendaria Legión del Fenix, Ancor, Falacor y las Guerras de Elenat sólo eran un cuento, una leyenda de los extranjeros de las Tierras de Triplion.
Todos se voltearon a mirarle en ese instante, aunque no con asombro, si no más bien como si ya se lo esperaran y estuvieran cansados de oírlo, guardaron silencio por un momento mientras todos pasaban la mirada de Perdy a Diem quien parecía meditar seriamente, fue Jemer el que habló sin embargo.
-Sí existió, y nosotros podemos llevarte ante los que quedan con vida aún, es esa nuestra propuesta.
-Entonces no son ni soldados de la Emperatriz ni rebeldes si no... –Se apresuró a decir Perdy, convencido de que estaba entre unos lunáticos.
-Sí lo somos, puedes buscar mi nombre en los registros de Ambot. –Dijo Jemer.
-Escucha chico –Dijo Loriant sin hacer caso de la mirada asesina que Diem acababa de lanzarle- hemos venido para llevarte ante ellos, mandaron a por ti, entrarás a sus filas hoy y luego...
-Debimos haberle dado un poco más de tiempo. –Le cortó Diem de repente.- que pasara la noche y habláramos con él en la mañana, lo han complicado todo... esto me pasa por hacerle caso a Sonds. –terminó diciendo para sí mismo.
Perdy les contempló, evidentemente todos estaban locos y además eran rebeldes y soldados de la emperatriz juntos, o traidores quizás, por un momento pensó que hubiera estado más seguro mientras corría sin rumbo por el bosque, que allí.
-Discúlpenme señores, pero he decidido cambiar de opinión, seguiré mi camino y...
-No seas estúpido –dijo de repente Diem, parecía haberse decidido al fin y hablaba con tono autoritario.- si te vas ahora morirás allá afuera, no llegarás con vida a la atalaya más cercana y con esta niebla las tropas imperiales te matarán creyendo que eres un rebelde, mejor pasa la noche con nosotros y mañana hablaremos, si no estás de acuerdo con nosotros puedes partir, no te detendremos, pero de momento te queremos con vida hasta saber tu respuesta.
-Yo pienso... –empezó a decir Sonds.
-Yo soy el que dirige esta compañía y nadie dirá más por hoy. –le cortó Diem- mañana podremos explicarle todo, si así lo desean, pero no hoy.
Todos callaron y se limitaron a obedecer, Diem hizo señas a Perdy de que le siguiera hasta las tiendas, él lo hizo, había parte de verdad en lo que decía, y le condujo hasta una tienda que aparentemente había sido preparada para él.
-Puedes dormir tranquilo, y no intentes escapar o podrían atraparte, y así como andas vestido te matarán enseguida. –dijo Diem mientras abría la tienda y le dejaba entrar, y luego se marchó.
Lo primero que le vino a la mente a Perdy fue escapar, era lo más sensato, aquellos tipos estaban locos, pero entonces recordó las palabras de Diem y supo que tenía razón, por la ubicación que tenían debían estar del lado seguro de la línea, pero como acababan de demostrar en la emboscada, su lado no era más seguro que el contrario, recordó las palabras de Sond antes de dormirse sobre los legionarios y las leyendas que oía de niño... no, aquello no podía ser verdad, los dragones no existían y no había nadie que tuviera sangre de dragón en sus venas, y además, Elenat había sido destruida hacía mucho tiempo, y se había hundido en un cataclismo de volcanes, terremotos y maremotos, sencillamente debían estar locos, pero... y ese extraño brillo en sus ojos, tal y como lo contaban las leyendas; y mientras pensaba se quedó dormido.

***

Los puertos de Ictiar rebosaban de energía esa mañana, al igual que solía serlo durante todo el año, pero esta vez había mucha más actividad. Ictiar era la importante sede de un gran congreso, una alianza entre naciones, un pacto, sellado por todos los países de las tierras de Ambot(entre las cuelas se contaba la nación de Haralom), en total 5 países integraban el Pacto de Ictiar(Haralom, Helcart, Nodian, Triplion del Sur y Ambot del Este, llamada por los antiguos Elend) firmado siglos antes por las monarquías de aquel entonces, cuando era Ictiar la capital del Imperio, categoría que más tarde la habían dado al puerto de Haralom, más al noroeste; el pacto consistía en ayuda militar, pues si la monarquía y la ley del rey se veían en serios problemas, los países del pacto responderían con ayuda, y tras formar un consejo de guerra, enviarían toda la ayuda de que dispusieran, tanto en tropas como en armas y alimento, así había sido durante casi siglo y medio, y gracias a ese pacto Haralom fue extendiendo su poder y su grandeza, pero al mismo tiempo se estaba pudriendo por dentro, y estas serias contradicciones fueron las que terminaron por armar la guerra civil en Haralom que ya llevaba alrededor de unos 3 años, aunque el levantamiento de Soulom no llevaba mas de 6 o 7 meses, y habían resistido más que ninguno, por eso fue que de nuevo se había convocado el Pacto para que enviaran ayuda en comida y tropas, y el consejo de guerra se estaba reuniendo mientras las primeras tropas ya se estaban acantonando al sur de Ictiar.
Los ministros, cancilleres y demás delegados, así como grandes señores y comandantes de tropa, desembarcaban ya en los Puertos de Ictiar, desde lejos, se veía como un gran velero se acercaba orgulloso desde el sur donde los mares habían partido Ambot y abierto una gran brecha formando nuevos países, venía de Nodian, y un viento cálido le impulsaba presuroso por las aguas.
Gil, parado en la proa, contemplaba las lejanas costas con sus penetrantes ojos, vestía una capa gris claro, sus largos cabellos negros que le llegaban a los hombros ondeaban en el aire golpeados por la brisa, Jena le contemplaba desde la puerta de cubierta, nunca le había comprendido y parecía que nunca le comprendería, le conocía desde niña y él parecía que no había envejecido nada, seguía siendo el mismo de siempre, la misma barba veteada de gris, la misma risa sarcástica, la misma sonrisa burlona cada vez que le veía, el mismo brillo en sus ojos que nunca parecía extinguirse; desde que era niña no le había visto y de pronto al encontrárselo de nuevo lo ve exactamente igual; se fijó ella de que no tenía la espada al cinto, se la debía de haber dejado en su cama o en algún otro sitio del navío, llevaba en cambió el viejo puñal, pero en vez de simular una cruz, el asa de este tenía forma de dos grandes alas de un águila, nunca salía sin ninguno de los dos, una vieja costumbre, le había dicho cuando le había preguntado al embarcarse en Nodian.
Los puertos se acercaban y ya Jena podía distinguir a lo lejos las altas torres del castillo de Ictiar, en donde se reuniría el Pacto, era ella uno de los muchos cancilleres enviados al pacto, pues iba en representación de uno de los Reinos de Nodian, ya que Nodian no quería participar directamente y su Rey se hallaba indispuesto a tomar partido en semejante empresa, pero si alguno de los reinos que estaban bajo su mandato quería ir no lo impediría, pero tan poco les daría su apoyo.
Gil sí que sabía de qué iba la cosa; hacía mucho tiempo que había desaparecido de Nodian, cuando la pequeña Jena no tenía más de 10 años, él la había cuidado en los días difíciles en los que Nodian no tenía rey y la guerra se generalizó, pero al darse cuenta de que una vez restaurada la paz Nodian no quería ayudar a los rebeldes de Soulom, de los que el Rey era descendiente, marchó, luchó muchos años en Soulom, hasta que esta calló, y había huido y regresado al suroeste de Ambot por donde vagó mucho tiempo, pero este nuevo levantamiento, 15 años después del anterior, era esperanzador, y así fue que persuadió al Rey de Nodian de que no participara en la guerra, pero el mismo tenía que ir con Jena para que diera él el mensaje del Rey en su lugar a ellos y cuidara de Jena, su sobrina, a quien tenía en alta estima.
El barco atracó suavemente en el bullicioso puerto, Gil bajó de un salto e inspeccionó con sus ojos a su alrededor, no parecía haber nada fuera de lo normal, salvo quizás ese extraño sentimiento agitado que sentía en el ambiente, pero debía ser producto de la guerra, hacía muchos años que no se convocaba el Pacto, y esto debía crear algo de agitación en los pueblerinos y en las gentes de la enorme ciudad de Ictiar, una de las más grandes de toda Ambot, sólo superada en tamaño y esplendor por la colosal Ciudad de Haralom.
Jena era atendida por sus doncellas y sirvientes y dos de estos ya habían salido a buscar los carruajes que debían de estar esperándoles en las calles de Ictiar.
Muchos de los que se topaban con Gil se asustaban al verle, sus extrañas ropas y su aspecto de forastero, había vivido 14 años de su larga vida como un autentico lobo de mar de embarcación a embarcación en el Nuevo Mar de Ambot, sin embargo no eran malas ropas, pero su postura
Jena bajó del barco momentos después de que una carreta y un carruaje tirado por dos caballos, se apostaran junto al barco, Gil le abrió la puerta para que subiera y él entró después.
Ella no se atrevía a hablarle, apenas y le miraba, le había notado frío y distante y esto le preocupó, era casi como un padre y un hermano para ella, siempre había estado allí cuando ella era niña, y siempre había sido amable con ella, y esto le inquietaba, por eso dejaba que él hablara la mayor parte del tiempo.
-No duraremos mucho tiempo –Decía él con la mirada fija en la ventana y volteando de vez en cuando hacía ella, que no apartaba la vista de la otra ventana-, daremos el parte al Consejo de Ictiar, estaremos una semana, y luego debemos ir a la Ciudad de Haralom, la Emperatriz nos ha solicitado, bueno, a ti, pero yo debo ir, aun no sé qué es lo que desea, en fin, ya lo averiguaremos.
El carruaje dio un par de saltos mientras cruzaban en una calle poco concurrida y comenzaba su lenta ascensión hacia el Castillo de Ictiar, en donde se reuniría el pacto, a las afueras de la ciudad.
Bueno, hasta la próxima semana, les prometo el segundo capítulo y un mapa de Haralom para que se orienten entre tantos nombres de lugares que iran apareciento, iré tambien preparando una especie de apendice para que no se pierdan entre tantas cosas que mi flilpada mente ha creado xD hasta luego, y espero que alguien lo lea de verdad. Pronto lo publicaré escrito en libro.

Comienza la historia


El patio se hallaba frío y silencioso, un viento helado cortaba el aire cuando descendía desde la muralla norte barriendo el piso de tierra y levantando polvo y hojas del suelo, el cielo estaba despejado, las estrellas poblaban el cielo mientras, sobre las almenas, se delineaban negras figuras ataviadas con livianas armaduras y armadas con arcos que surcaban las murallas de la fortaleza, atisbando en la oscuridad de la noche, aun faltaban 2 horas para el alba. La tropa entera descansaba en el patio, repartida entre las murallas y las caballerizas para resguardarse del frío viento. Las hogueras extintas sólo dejaban escapar humo desde sus brazas, consumidas, frías y apagadas. Pero una figura no dormía, un anciano estaba sentado junto a la muralla noreste, resguardándose del viento y envuelto en unas gruesa mantas, viejas y raídas, la capucha de su capa le cubría el rostro y unos blancos cabellos asomaban fuera de esta, entre sus labios sostenía una pipa, cuando soplaba la lumbre alumbraba lo suficiente como para ver las facciones de su rostro, viejo y demacrado, sus ojos brillaban en la oscuridad, pero no con la luz rojiza y opaca de la lumbre, si no con un brillo distinto, plateado y opaco, pálido y frío, más bien como si se tratase del reflejo de las estrellas. A su lado dormía un joven, alto, de cabellos negros y largos, su piel era morena, tostada por el sol, sus ojos eran profundos y negros, estaba tendido en el suelo, envuelto entre unas delgadas mantas, se llamaba Perdy, venía de Haralom, la inmensa ciudad, centro de un imperio que tenía el mismo nombre, y poco estaba acostumbrado a estos climas, y sin embargo, mucho había resistido, pues la gran mayoría morían poco tiempo después de llegar allí, por la bala, el filo de la espada, o la enfermedad.
Haralom estaba en guerra, una terrible guerra civil había estallado, los levantamientos y rebeliones no habían cesado durante más de 10 años, pero las más fuertes habían estallado en los últimos 3, todas fueron suprimidas sangrientamente... menos una, en el noreste, una provincia resistió los embates de las tropas imperiales y se mantuvo en alto, era la provincia de Soulom. En un acto de ferocidad y valentía, hicieron frente al enemigo y arremetieron contra sus tropas, haciéndolos retroceder hacia el sur cientos de leguas, hasta los alrededores de Sondai, en donde las fuerzas reales lograron resistir, y fue en los alrededores de Sondai y desde allí hacia las montañas, que las tropas reales se apertrecharon en una serie de fortalezas construidas apresuradamente que se llamó la Línea de Rombel, pues había sido levantada por el Capitán Rombel, quien comandaba la flota imperial asentada en la Ciudad de Ambot, y quien había mantenido la resistencia en Sondai. Al amanecer una patrulla saldría a vigilar y a circular las tierras entre cada fortaleza, torre o atalaya, Perdy saldría en una de ellas, pero nunca más regresaría, es aquí donde comienza nuestra historia.
El anciano se levantó, colocó sobre los hombros de Perdy su mano y murmuró unas palabras, como si se despidiera, y se marchó.

Y así comienza esta historia, espero que les llegue a gustar, la iré publicando un capítulo semanal, o eso intentaré, así como otros relatos relacionados a la historia xD algunos mapas quizas.